Luna

Había luna llena

Luzia Peixoto.
Traducción portugués-español de Roser Vilagrassa Sentís

Había luna llena.

Lo sabía porque había escogido especialmente ese día. En los libros de biodinámica decían que la luna, mediante sus fases, tiene una influencia sobre la fisiología en lo relacionado a la toma de sustancias.

La luna llena potenciaba el efecto de los medicamentos, por lo que supuse que potenciaría el efecto de cualquier otra sustancia.

Allí estaba yo, cuarenta y cinco minutos después de haber ingerido un micropunto, a la expectativa, listo para vivir esa experiencia…

Podía decirme lo mismo que me había dicho en las experiencias ya vividas, pero, no sé por qué, eme decía algo más:

No todos los días reconozco los teoremas cuánticos en las fuentes de luz que observo… Como tampoco todos los días un oído agudo escruta el aire y me fortalece los tímpanos haciéndolos sonar con melodías solemnes.

Quizá tomé una dosis demasiado alta…

Quizá ahora me despegaré del suelo y no me reconoceré en esa subida vertiginosa en la que me disperse por completo, como si el suelo fuera el cielo, y las nubes los mensajes que los hombres llevan a los ángeles.

Me oigo jadear… ah, ah, ah

…son síncopes descompasados que exudan mis fuentes…

Observo la ciudad desde la cima de la colina.

Sé que aquella colina ha sido siempre escenario de momentos épicos:

Me acuerdo del primer beso mientras miraba, en medio de un abrazo, las estrellas

y los neones que recortaban la silueta de la ciudad cuando nos fumamos el primer porro junto a una hoguera.

Me acuerdo de salvar a Pedro de su patético intento de suicidio, cuando Jessica, su primer y ridículo gran amor, se mudó al Oeste.

Ahora me apartaba del mirador al sentir la profunda dosis que me envenenaba y creaba dimensiones de realidad inadvertidas hasta ese momento.

Mi corazón latía aún más fuerte y mi respiración agitada se volvía ensordecedora a mis oídos sensibles.

¡Ahora era un GIGANTE sensorial!

Poco a poco, los mareos y los pensamientos vertiginosos me llevaron a poner una mano sobre una piedra a mi derecha, una rodilla en el suelo, la otra mano…

Sentí el golpe del coxis. Fue fuerte. Creo que fue demasiado fuerte por la sonoridad que produjo y la onda de impacto que generó. Sin embargo, no sentí nada… Nada… Mi cuerpo… lo miré con atención y vi cómo se desprendía, como si la vida no dependiera de aquella carcasa.

—Tranquilo, Joel… Tranquilo…

Observé mi cuerpo echarse sobre la hierba cubierta de rocío. Comprendí que debían de haber pasado varias horas, por la cantidad de rocío acumulado en las alargadas hojas lanceoladas. Sabía que estaban allí, porque las acariciaba con las manos. Pero no las sentía… Todo era una cuestión de un razonamiento lógico que no reconocía como propio….

Por un momento, sentí que me moría…

Ahora me observaba allí, tumbado, jadeando, con las pupilas dilatadas, un gesto de pánico abstracto estampado en el rostro, y las gotas de sudor, que se confundían con las del rocío…

—Tranquilo, Joel…

El corazón se me disparaba, y era capaz de oír el flujo de la sangre subiéndome por la carótida. Hasta la veía palpitar. Mis ojos se fijaron en el azul profundo de la noche. Mi visión, aumentada y reforzada por la dosis excesiva de LSD, abría túneles cuánticos que me aproximaban al lenguaje de Saturno.

—¿Cómo es posible? ¡Con lo lejos que está Saturno!…

Oía incluso las voz entremezclada de los pensamientos de los habitantes de la ciudad. Justo al pie de la colina… Los conocía bien… Unos dormían, y yo alcanzaba a percibir sus sueños, otros hacían el amor, y podía oír con claridad los gemidos de placer de un cuerpo al fundirse con otro.

Yo también me fundía… Porque en aquel momento ¡yo era la cópula con el mundo! ¡El Universo entero se servía de mí en un orgasmo intenso! De pronto, aquel azul profundo me hizo sentir esa pequeña muerte en simultáneo con la pareja que vivía sobre el restaurante chino en el cruce de la 5ª con la 27ª.

Oí cómo nuestro corazón suspiraba de alivio. Sentí cómo el sudor se retraía poros adentro, y cómo la boca rompía la pátina formada por la saliva seca. El azul profundo me abrazaba. Y ahora estaba unido umbilicalmente al centro galáctico. Todo era un momento envuelto en una paz profunda…

Mi visión adquiría cada vez más nitidez sobre las manchas borrosas de las estrellas.

Reconocí Casiopea, Andrómeda y las Tres Marías…

Por el ángulo de la visión periférica, la luz me llamaba, fuerte, intensa… Sin querer, volví la pesada cabeza que supuestamente tenía. La luna brillaba, resplandecía. Veía perfectamente cada uno de sus cráteres y reconocía el sonido de las ondas electromagnéticas que recorrían su superficie como una música electrónica futurista que me enviaba un mensaje muy claro. «Eres tú, Joel. Eres tú el que está aquí, en este sueño profundo.»

La epifanía de un contacto directo con la fuente me hizo ser beatitud en forma de sonrisa.

La luna me impidió que muriera en ese momento.

Con la mirada atenta sobre la textura de sus cráteres, su blancura cálida fue aplacando poco a poco el intenso viaje etnogénico que estaba experimentando. En el fluir de su esplendor, fui olvidando a Joel y, con él, el azul. En un delirio intemporal, me sentí no ser, por toda la eternidad, que reconocí en un momento ínfimo.

La luz de la luna empezó a cegarme. Ya no la veía, ofuscado por la intensidad visual sobre mis ojos. Los sonidos, límpidos y lúcidos hasta ese momento, se transformaron en el murmullo inquietante del movimiento de los transportes públicos sobre los puentes, y las bocinas apremiantes de los servicios exprés. Así amanecía la ciudad. ¿Cuántas horas habrían pasado?

Ahora notaba mi cuerpo incómodo, entelerido, mojado… El placer que había sentido al tocar las briznas de hierba quedaba ahora en un recuerdo irreproducible. Me dolía el coxis. Tumbado todavía, con las manos levantadas tapando la luz intensa, reparé en que el azul se había atenuado y, por la posición vertical del sol, que hacía bastante tiempo que había amanecido. Hice un esfuerzo para levantarme. La ciudad me parecía la misma, mientras que yo me sentía diferente. Caminé colina abajo y me fijé en las marcas que habían dejado en los árboles las diversas parejas que por allí habían pasado. En el vigesimoprimer árbol, contando a partir del punto más alto de la colina, allí estaba mi nombre, en medio de dos gruesos trozos de corteza. Aquel día de solsticio, había decidido que la vida siempre me pertenecería por completo.

Descendía por el sendero tambaleándome, dolorido. La luna permanecía en el centro de mis pupilas, pero el sol me calentaba la nuca. El azul cayó en el olvido, latente, en un lugar de mí que nunca antes había explorado. ¿Era yo mismo todavía?

—Joel… ¡Soy Joel! Pero ¡ahora soy más!

La vida me pertenecía por completo.